Esta mañana nos encontramos, de casualidad, no podía ser de otra manera.
Yo iba apresurada pensando en el trámite que debía hacer a una cuadra de allí; vos, embebido en vaya a saber qué reflexiones, pasabas junto a mí sin haber advertido mi presencia.
Extrañamente, pude reaccionar con suficiente rapidez como para alcanzar a decirte, antes de que te alejaras: "Buenos días! ¿Ahora pasa sin saludar?"
Entonces levantaste la cabeza y sonreíste, nos saludamos con un beso fraternal y hablarmos un rato apenas. Me contaste algo de tus vacaciones, yo te comenté menos aún sobre las mías, reiteraste algunos de esos viejos elogios que ya no me creo siquiera. Que estoy hecho una rosa. Que soy muy guapa. Que ni aún las preocupaciones cotidianas logran opacar mi belleza.
Lástima, ya no te creo. Lástima, ya no me emociona tu presencia.
Lástima, el beso de saludo y el beso de despedida ya no me han producido ningún estremecimiento. ¡Qué pena, ¿no?!
Nos despedimos y cada uno siguió su camino.
En dos minutos ya no importaba haberte visto.
Hubo algo entre nosotros, es cierto.
Algo tierno, emotivo, doloroso por momentos. Pasiones contenidas. deseos guardados con excusas basadas en realidades o costumbres sociales inculcadas desde niños.
Ahora, solo me quedan los recuerdos. Al menos, a mí me quedan los recuerdos. Me pregunto: ¿También recordarás lo que hubo entre nosotros..?
miércoles, 1 de febrero de 2012
Suscribirse a:
Entradas (Atom)
