martes, 31 de enero de 2012

El pecado de preguntar

Qué cansada estoy de tanta soledad. Soledad acompañada, rodeada de gente y de palabras, de silencios curiosos y miradas que no entienden... ni pretenden entender, siquiera.
A la vista de la gente, tengo una buena vida. Alguien que me quiere, una mascota compañera y solidaria, hijos sanos y nietos llenos de vitalidad.
Pero hay un hueco en mi interior que permanece vacío, un hueco cuyas dimensiones desconozco porque no sé de qué manera se puede calcular.
Un hueco donde deberían estar, tal vez, las ilusiones. O tal vez, las esperanzas. O posiblemente, alguna fantasía que me diera impulsos para seguir adelante.
Hay que seguir viviendo, dice la gente. Pase lo que pase, hay que seguir adelante. Y una vez más en mi vida repito este pecado imperdonable que vuelve a hundirme en las sombras: el pecado de pensar.
De pensar y hacerme preguntas. ¿Por qué hay que seguir siempre, indefectiblemente, pase lo que pase, sintamos lo que sintamos, contra viento y marea?
Cuando se muere el amor. Cuando se pierde la juventud. Cuando se acaban las fuerzas. Cuando se termina la alegría. Cuando la muerte empieza a quitarnos los seres más queridos. Cuando ya no podemos creer en los otros. Cuando hasta la fe se ha convertido en solo una palabra sin sentido.
¿Hay que seguir? ¿Por qué...?



lunes, 30 de enero de 2012


Habían comenzado las vacaciones de invierno. En la mañana ventosa la madre salió con el pequeño para hacer una caminata por la plaza más cercana del barrio.  Cuando estaban cruzando la avenida, apareció un grupo de personas enarbolando carteles con una sola palabra escrita en grandes letras. Algunas de las personas iban gritando, otras lloraban, varias de ellas caminaban abrazadas, apoyándose unas en las otras.

El niñito los miró asombrado y le preguntó a la madre qué les pasaba; ella le respondió que estaban tristes porque una persona de la familia había tenido un accidente. Cuando hicieron dos cuadras más vieron que avanzaba una columna de mujeres llevando carteles iguales a los que llevaba el grupo que habían dejado atrás, pero con ellas iban varios hombres llevando cámaras filmadoras. El pequeño los miraba fascinados y preguntó a su madre si estaban filmando una propaganda. Ella le respondió que no, que solamente estaban pidiendo algo.

Cuando llegaron a la plaza, se encontraron con una gran cantidad de gente que llevaba carteles y pancartas. Aunque no sabía leer, el niño comprendió que se trataba de la misma palabra y entonces le preguntó a su madre qué decía. “JUSTICIA”, le contestó ella, antes de apretarle la manito para cruzar hacia la vereda de enfrente.

Mamá, preguntó el pequeño, ¿qué quiere decir justicia?

Y la madre bajó la vista y respondió: Justicia es cuando cada uno recibe lo que merece. Cuando el que más estudia recibe la mejor nota, por ejemplo, ¿entiendes?

Pero en su interior quedaba una definición más precisa que su pequeño no estaba en condiciones de comprender todavía.

Justicia es una silueta solitaria que vaga por las calles, esperando ser atendida.

Justicia es una figura dolorida porque nadie la recibe, los que deben atenderla la hacen a un lado, los que la piden agonizan en la inútil espera, los que juran defenderla y protegerla la traicionan y descartan.

 Justicia es una pobre mujer, desnuda y solitaria, maltratada, burlada y despreciada cada día, mientras la gente recorre las calles llamándola a los gritos, llamándola con sollozos lastimeros, llamándola en vano.



 LA AMIA TAMBIEN SIGUE PIDIENDO JUSTICIA


lunes, 16 de enero de 2012

Todo lo sabía

Sé que alguna vez formaste parte de mis sueños, de mis fantasías y proyectos de futuro. De un futuro efímero que jamás llegó a concretarse.

Sé que fuiste importante en mi vida, valioso, fundamental, imprescindible.
Que llenaste mis horas de desvelos y proyectos fantasiosos que resultaron vanos.
Que tu solo nombre despertaba en mí estremecimientos profundos y lágrimas fáciles.
Que el sonido de tu voz me emocionaba y tus silencios me llenaban de incertidumbres y tristezas.

Sé que pensaba que nunca dejarías de ser fundamental y amado, ansiado, añorado, extrañado.
Pero siempre supe que un día habrías de irte, caminando despacio, silenciosamente, sin explicaciones ni despedidas.
Sabía que tenías que dejarme, que debías abandonarme para retornar a la rutina plácida y amable de tu vida, mientras yo regresaba a esta soledad de páginas en blanco, de palabras flotando en busca de una pluma que las convierta en letras, mientras mi mano descansa sobre mi regazo vacío de esperanzas.
Sabía que ibas a marcharte sin dejarme un abrazo, una palabra cariñosa, un beso.
¡Y no me digas que estaba equivocada!
¿O acaso no te has ido ya de esa manera...?