jueves, 6 de septiembre de 2007

En el bosque


Ya no quiero esperar, debo buscarlo. Ingreso lentamente en el bosque umbroso y fresco y camino por el sendero angosto, contruido por el transitar permanente de los aldeanos que viven del otro lado.
Los pájaros continúan su trinar armonioso, como si no hubieran advertido mi presencia.
Sé que él está allí, oculto entre los árboles, agazapado en la espesura, acechante, aguardando el momento para dar el salto. Pero no temo. He vivido demasiado en las ciudad de las carreteras abarrotadas, las casas enrejadas, los barrios sombríos poblados de habitantes agobiados por el miedo y la desconfianza. Este peligro animal, primitivo y salvaje me resulta atractivo, vital, excitante.
Mantengo el ritmo lento de mis pasos, que despiertan el crujir de las hojas secas que alfombran el sendero. Avanzo.
Los árboles son cada vez más altos; sus troncos robustos dan una imagen de solidez inalterable, mientras sus ramas añejas se entrecruzan en lo alto, formando una cúpula por la que se filtran apenas los rayos del sol de invierno.
Intuyo su presencia, moviéndose sigilosamente a mi paso, conservando la distancia, invisible y alerta.Sé que no va a permitir que escape.
La semilla del miedo comienza a germinar en mis entrañas y trepa hasta mi boca tomando la forma de un grito sofocado. Pero es tarde para intentar el retorno. Tarde para desandar el camino, que a mis espaldas se pierde entre la espesura inexpugnable.
Sigo adelante, atenta al cambio de sonidos que se ha ido generando con mis pasos. Las aves han callado.
Las hojas, de verdes intensos y variados, parecen contemplarme.
Una flor enorme, de rojo intenso y vibrante, se desliza entre las ramas para quedar pendiendo ante mis ojos. Siento su aroma, perturbador, intenso, cálido; exuda un líquido pagajoso que parece sangre. Esquivo su contacto y sigo adentrándome en la espesura selvática.
De pronto, una docena de lianas desciende simultáneamente como un telón viviente, cerrándome el camino. El sendero ha desaparecido.
Estoy atrapada. El se acerca. Siento el crujir de hojas aplastadas por su peso. Giro con lentitud, el corazón saltándome agitado. El está allí, inmóvil, vestido de una belleza imponente y sublime.
Sus ojos amarillos me miran fijamente. Sé que va a saltar y lo espero: siempre supe que no iba a poder con él. Vine solo a morir entre sus fauces.***


¿Te animas a interpretar este cuento?

miércoles, 13 de junio de 2007

La amiga




Encendió el acondicionador de aire y la computadora, dejó escapar un suspiro de alivio y se dejó caer en el sillón giratorio, agotado por el esfuerzo de atravesar el estacionamiento que el sol de diciembre convertía en una caldera.
Se dejó estar unos minutos, mientras el aire fresco iba absorbiendo el olor a pintura fresca y papeles húmedos que lo recibiera al ingresar. Sobre el escritorio lo aguardaban docenas de carpetas prolijamente apiladas: las azules, declaraciones juradas; las verdes, actualizaciones impositivas. Las rosas, facturaciones comerciales listas para ordenar.
Números. Operaciones matemáticas. Nombres. Horas y horas de trabajo, de concentración, de cansancio. Horas que transcurrían privadas del afecto, del placer, del ocio. Horas que habían dejado de pertenecerle. Trabajo. Trabajo y más trabajo. Tiempo que se fue, irremediablemente. Tiempo sin retorno.
En algún momento de este camino, algo de su vida se había ido perdiendo también. Conservaba su familia, sí: una mujer, hijos, hasta un par de hermosos nietos, que lo miraban con afecto, lo abrazaban, compartían con él reuniones familiares, conversaban, intercambiaban opiniones sobre los acontecimientos de la rutina cotidiana. Pero podía percibir que algo estaba faltando en su vida. Algo que había tenido, que lo había hecho profundamente feliz, y que había perdido. Y lo sabía porque había empezado a sentirse solo.
Echó una mirada fugaz al teléfono, inmóvil y silencioso testigo del descubrimiento de su soledad y se preguntó por qué no sonaba. Ella debería llamarlo, como solía hacerlo, con alguna de esas excusas ingenuas y sin fundamento que le hacían sonreír. Por el solo placer de oírlo, había dicho ella varias veces; porque le gustaba su voz, su manera de hablarle, solamente por eso.
No podía aceptar que ella no lo llamara. Aunque él era el único responsable de ese silencio, porque le había contado que estaba abrumado por el trabajo y no encontraba el tiempo para finalizar, de una vez por todas, con esa interminable serie de compromisos que le caían encima cuando estaba por terminar el año. Seguramente ella sintió que debía respetar su tiempo, hacerse a un lado para que pudiera ocuparse de su tarea sin interrupciones ni distracciones. Por eso no lo llamaba.
Porque –él bien lo sabía-, además de amarlo, ella lo respetaba.
Se sorprendió él mismo del pensamiento: ella lo amaba. Hablar de amor, del amor de una mujer, ¿tenía derecho a hacerlo? Por un momento, se sintió culpable. Pero no podía negar la realidad: ella lo amaba, aunque no lo hubiera dicho nunca con palabras. Porque se lo confesaba con sus ojos, brillantes de ternura cuando lo escuchaba, siguiendo sus palabras como si fueran un tesoro que podía mantener atrapado con la mirada. Con la tibieza de sus manos, cuando se extendían para saludarlo y se quedaban unos segundos aferradas a las suyas. Cuando le hacía confidencias, le pedía consejos, le transmitía sus dudas.
Sin embargo, él estaba seguro de no haber hecho nada para alentar aquellos sentimientos; siempre había conservado la distancia, una distancia prudente y protectora, destinada a evitar la posibilidad de generar falsas ilusiones. Para él, ella era una amiga. Una amiga apreciada, valiosa, querida, pero no más que una amiga. Si le gustaba hablar con ella era porque tenían gustos afines, opiniones semejantes, anhelos comunes, inclinaciones espirituales compartidas. Por eso podían hablar durante horas, frente a frente o por teléfono. Por eso podían extrañarse, desear un encuentro, hacerse confidencias y darse aliento para enfrentar las situaciones difíciles que cada uno pudiera encontrar circunstancialmente en algún momento de la vida. Él la quería como amiga, sólo eso. Y como amiga, la extrañaba.
Pero sabía que el sentimiento de ella era algo más profundo y significativo, y estaba dispuesto a entender que se hubiera cansado de esperar en vano que él le correspondiera de la misma manera. Tal vez por eso había decidido no llamarlo más.
Pasó dos, tres, cuatro horas dedicado al trabajo. De tanto en tanto, miraba hacia el silencioso teléfono, ofendido y molesto porque no respondía a sus deseos. Finalmente, el ardor de los ojos cansados le indicó que había llegado la hora de volver a su casa. Ordenó el escritorio, apagó el ordenador, el acondicionador de aire y las luces, y emprendió el camino hacia la puerta que conducía al estacionamiento.
Acababa de cerrar con llave cuando el teléfono empezó a sonar. El corazón le dio un vuelco, los latidos se apresuraron, y una ansiedad incontrolable lo dominó mientras volvía a abrir la puerta y desandaba casi corriendo el trayecto hacia el escritorio. Entonces, cuando descolgó el tubo y escuchó la voz de ella, comprendió que se había estado mintiendo a sí mismo durante todos aquellos meses en que la llamaba amiga. Porque ella le dijo: “hola”, y el corazón le saltó de regocijo. Mientras el sonido de la voz femenina lo llenaba de una dulce embriaguez, supo con certeza que él también la amaba.

lunes, 28 de mayo de 2007

Tiempo de decir "te amo"


Manuel y Eliana se encontraron en la puerta del local, se miraron, y luego de una vacilación que podría haber pasado inadvertida por cualquiera, menos por ellos mismos, se acercaron y se saludaron con un beso.
Ella sintió la fugacidad del beso y el dolor le llegó como un estilete clavado en el medio del pecho. Pero, sin embargo, la voz de él había sonado amable y afectuosa al decirle "hola", así que decidió conservar el lugarcito reservado para la esperanza.
El percibió la tibieza del beso de ella y lo tradujo como un mensaje de ternura. Sintió una calidez casi embriagadora recorriéndole el pecho, pero evitó descubrirse desviando la mirada.
La noche caía lentamente sobre las calles que los primeros fríos de un invierno prematuro convertían en desiertas.
A lo lejos, sobre la línea del horizonte demarcada por viejos edificios y siluetas de árboles que jamás habían sido podados, avanzaba una columna de nubarrones negros, iluminados de tanto en tanto por el resplandor instantáneo de un relámpago.
La gente seguía llegando a la reunión, sin embargo. La mayoría de ellos en sus automóviles, un par de jóvenes en una vieja moto, una mujer de aspecto cansado y vestiduras humildes llegó en un bicicleta. Todos se saludaban afectuosamente, con intercambio de besos, abrazos y alguna que otra sonrisa.
Eliana los miraba con envidia, sintiendo que aquella sencilla manera de serenidad que demostraban nunca podría ser para ella. Y todo, porque se había enamorado de aquel hombre inaccesible, gentil y caballero, que podía permitirse el lujo de guardar sus sentimientos bajo un hermetismo indescifrable, que amenazaba ser definitivo y permanente.
En el salón se haría un acto de homenaje a uno de los muertos en el accidente del día anterior, que había dejado al pueblo sumido en el desconcierto y la tristeza. Porque era una linda familia, era un hombre joven y una mujer bella y radiante, y dos pequeños hijos hermosos, sanos y vitales, y siempre pensamos que la muerte es injusta al escoger a quienes se lleva entre sus brazos.
Lo dijo el Pastor, con su selección de textos bíblicos, pero sobre todo, lo dijo aquella mujer humilde de manos ajadas y rostro cubierto de arrugas. "Ellos eran mi única familia en este mundo, y los he perdido. Y ahora siento que la única razón por la que tengo esperanzas de seguir adelante en este mundo es la certeza de que siempre les hice saber cuánto los amaba. A cada uno de ellos: a mi hijo, a mi nuera, a mis nietos. La noche anterior del accidente habían estado en mi casa y antes de irse, les abracé muy fuerte y les dije: Gracias por haber estado conmigo. Me han hecho muy feliz. Los quiero mucho, con todo mi corazón. Sé que se fueron sabiendo que los amaba, y este es el mejor regalo que les podemos dar a los demás: decirles en vida cuánto los amamos. Y como nadie sabe cuándo será el final de la vida, es mejor decirlo hoy".
La mujer calló y todos la aplaudieron, con lágrimas en los ojos. Eliana se acercó a la mujer y le dio las gracias, con un abrazo intenso y apretado.
Cuando salió a la calle -absolutamente en sombras y helada- advirtió que Juan Manuel la estaba esperando. Lo miró a los ojos y él le sostuvo la mirada. Se acercó a ella y extendió las manos para tomar las suyas.
"Eliana...", dijo. "Hoy puede ser el último día de nuestras vidas..."
Ella asintió con la cabeza, mientras sus ojos se iban llenando de lágrimas.
Al mismo tiempo, los dos pronunciaron las palabras que durante tanto tiempo habían estado atesorando para una mejor ocasión, tras un manto permanentemente reinventado de dudas y prejuicios. Ella dijo: "te amo". El dijo: "te amo".
Permanecieron abrazados durante unos minutos, embargados por una emoción intensa y profunda. Después, echaron a caminar calle abajo, tomados de la mano.

lunes, 21 de mayo de 2007

Sueño marino


Ella caminaba por la playa sin rumbo, con la vista perdida en el espacio infinito, sin pensar en nada, libre de recuerdos y nostalgias. Sus pies desnudos se hundían en la arena todavía caliente. Su única vestidura era un pareo floreado, que anudado a su cintura le llegaba casi hasta los tobillos. Sus senos desnudos se erguían sin vergüenza, satisfechos de recibir el beso del viento salino. Apenas un metro a su izquierda el mar avanzaba inexorablemente, rompiendo en forma de olas que se disolvían para tomar la forma de lenguas de agua espumosa y fresca.
No era la única en la playa. Una pareja mayor, tendida en sus reposeras, la vieron pasar con indiferencia. Más adelante, un grupo de chiquillos corría detrás de una pelota. Una mujer muy delgada yacía sobre una toalla multicolor, con los brazos extendidos sobre la cabeza; sus senos muy pequeños, casi infantiles, brillaban relejando los últimos rayos solares sobre la superficie aceitosa del bronceador.

A lo lejos, apareció la silueta de un hombre joven, que trotaba rectamente en dirección a ella. Estaba muy bronceado y el pecho velludo atrajo su mirada con una fuerza ineludible. Siguió avanzando, ahora decidida a enfrentarlo, deseando el momento de sentir el contacto de aquel cuerpo varonil, imaginando sus brazos apresándola, rodeándola, oprimiéndola contra él.
Cuando el hombre estuvo a pocos pasos de ella sus miradas se encontraron. Por un segundo, pareció que él iba a detenerse, pero no lo hizo. En cambio, giró hacia un costado, eludiéndola, y retomó el ritmo parejo de su trote.
Ella se detuvo, abrió la boca para dejar escapar un grito, y se dejó caer de bruces sobre la playa. Su rostro se hundió en la arena, la sintió en sus ojos, sus fosas nasales, entre sus dientes, pegándose a su lengua y a sus párpados. Voy a morirme pensó. Si no me muevo, voy a morirme. Intentó levantar la cabeza, pero no tuvo fuerzas para hacerlo.
Comenzó a llorar, pero la arena iba absorbiendo sus lágrimas, tan saladas como el agua de mar, fundiéndolas con ella.
Entonces, Marcela se despertó.

sábado, 19 de mayo de 2007

La espera


Salió al balcón y se quedó de pie, con la copa de vino helado en sus manos, repitiendo el ceremonial que había iniciado desde su llegada a Quito.
Allá abajo, del otro lado de la avenida, se extendía el parque La Carolina, pletórico de verdes. Las sombras alargadas de los árboles se proyectaban sobre los senderos, donde grupos de diversas edades corrían al ritmo parejo y sostenido de quienes están acostumbrados a las prácticas aeróbicas. El sol comenzaba a desaparecer detrás de las montañas, dejando estelas luminosas de rosas, carmesíes y morados. Aún a la distancia, los colores de las flores parecían brillar, rebosantes de vida.
Respiró hondo y sorbió con placer un trago del vino blanco y burbujeante, que la acompañaba en cada uno de sus momentos de nostalgia. Estaba sola, pero la soledad no le pesaba. Era una soledad adoptada voluntariamente, una soledad que había buscado como un refugio para protegerse de la decepción y de la pena.
“Una cobarde”, eso había dicho su madre que era ella. Cobarde, porque había preferido marcharse sin hablar, sin hacer preguntas que obligaran la llegada de respuestas, que le permitieran saber la verdad, la verdad de manera rigurosa y absoluta.
Su hija le había dicho lo mismo, aunque de una manera más sutil. “Hiciste mal en escapar sin saber lo que él pensaba”, esas habían sido sus palabras. Escapar, ser cobarde, era lo mismo. Tal vez tenían las dos razón. Ella debería haber encarado al hombre, debería haberlo forzado a hablar, obligado a aclarar el significado de aquella situación ambigua que habían estado viviendo durante tanto tiempo.
Las sombras de la noche avanzaban, invadiendo los senderos, mientras los grupos familiares que hasta hacía pocos minutos habían estado compartiendo un encuentro feliz en el parque comenzaban a retirarse, entre risas y comentarios que a lo lejos se adivinaban amenos y afectuosos.
Sí, tal vez ella debería haberse atrevido a enfrentar abiertamente al hombre. Tal vez de esa manera él hubiera dicho la verdad, y esa verdad la hubiera liberado de la incertidumbre, de las dudas, de la desconfianza que la habían estado torturando durante tanto tiempo. Sin embargo, no se había atrevido.
Pero había tenido paciencia, eso sí. Había aguardado durante meses, conservando su inalterable sonrisa, su actitud generosa y sus palabras afectuosas, dándole a entender de todas las maneras posibles su afecto. No. Era mentira. No era su afecto lo que ella había querido darle a entender: era su amor. Amor por aquel hombre que se había mantenido a su lado en el sendero de la vida, siempre cercano, siempre accesible, pero a la vez conservando una distancia prudencial, estableciendo entre los dos una invisible línea divisoria que los separaba y mantenía apartados, cada uno en un mundo diferente. Como en El Túnel tan sabiamente descripto por Ernesto Sábato, dos seres transitando por caminos paralelos, muy cercanos, casi rozándose, pero sin poder tomarse de la mano. Y ella había querido tomarlo de la mano, más que ninguna otra cosa en su vida había deseado tomarlo de la mano, sentir el contacto tibio de sus dedos transmitiéndose a las suyas, manos cálidas de afecto, de deseo, de pasión contenida y controlada durante tanto tiempo...
Las luces del parque eran escasas, pero el gigantesco pino empezaba a resplandecer con centenares de bombillas de colores que titilaban acompasadamente, como pequeños corazones con vida propia. Era víspera de Nochebuena.
Pensó que debería estar en Buenos Aires, con su madre, su hermana Carmela y su hija, pero no lamentaba haberlas dejado solas. Ellas tampoco habían podido ayudarla a entender el significado de los enigmáticos silencios del hombre, ni sus continuos avances y retrocesos, como si estuviera buscando un contacto y cada vez que estaba a punto de producirse, la percepción de una amenaza oculta lo obligara a replegarse.
Era como un estratega planificando los movimientos de una batalla, pensó. Sólo que ella no quería enfrentarlo en una guerra, quería mirarlo a los ojos sin que él eludiera su mirada. Quería apretar su mano sin que se apresurara a soltarla. Quería aproximarse a él, abrazarlo, sentir la tibieza de su pecho, de sus brazos rodeándola con un amor que ya nunca podría saber si alguna vez había sentido por ella.
Las lágrimas contenidas comenzaban a arderle en los ojos. Se había acostumbrado a controlar el llanto, a disimular sus emociones. No quería inspirar la compasión de nadie.
¿Fue por eso que había decidido marcharse? Su madre la llamó cobarde. Su hija confirmó el veredicto. Pero, ¿qué podría haber hecho ella? ¿Enfrentarlo, preguntarle si estaba enamorado de ella? ¿Confesarle que lo amaba, que desde el siglo pasado lo amaba, que desde tiempos inmemoriales lo amaba, que desde alguna recóndita vida anterior sentía que lo amaba, y sólo quería saber si él sentía al menos la tercera parte de aquel amor?
No. No hubiera podido hacerlo, se dijo, mientras algunas lágrimas rebeldes comenzaban a deslizarse por sus mejillas, coincidiendo con las primeras gotas de la inevitable lluvia nocturna del invierno quiteño.
Sintió frío. Se llevó la copa a los labios, bebió un trago despaciosamente, saboreando el sabor dulzón y sintiendo que aquel era el único placer que aún disfrutaba en la vida de mujer solitaria y sin ilusiones.
Aunque, en el fondo de su alma, siempre quedaba alguna esperanza. La llovizna arreciaba. Había adoptado la forma de finas agujitas, que caían y se deslizaban clavándose en su rostro y sus brazos. La esperanza era que él llamara. Que después de confirmar que ella no iba a hablarle, ni a escribirle, ni siquiera iba a enviarle uno de sus habituales mensajes por correo electrónico, decidiera averiguar dónde estaba y la llamara. Por eso no salía casi nunca, esperando que el teléfono sonara, que al levantar el tubo le llegara desde el otro lado la voz cálida, llena de vibraciones afectuosas y con aquella vieja alegría que tantas veces había percibido en él cuando ella lo llamaba.
Pero el teléfono estaba empeñado en un obstinado silencio.
La noche seguía invadiendo los espacios familiares, los transeúntes habían desaparecido de las calles, los automóviles parecían multiplicarse por la avenida, mientras las casitas emplazadas en las laderas del volcán se iban iluminando, convirtiéndolo en la réplica de un árbol de navidad lleno de vida.
Se dejó caer en la reposera y cerró los ojos, sintiendo que la tristeza y la nostalgia la iban invadiendo lentamente. En ese momento, el teléfono comenzó a sonar. Tuvo un primer impulso de levantarse y correr hacia adentro para descolgarlo, con la ilusión de que fuera él quien estaba llamando. Pero la duda y el miedo resurgieron y se detuvo a pocos pasos de la puerta. El teléfono continuó sonando varias veces, pero ella permaneció allí, demudada, inmóvil, mirándolo como si esperara ver la imagen de la persona al otro lado de la línea materializándose delante del aparato. Hasta que dejó de sonar.***

Noches blancas


Antes, la noche era mi hora de paz y de sosiego.
Antes de reencontrarte y evocar aquella primera vez que nos cruzamos, cuando éramos tan jóvenes los dos y yo me dije: "¡Qué hombre tan hermoso!"
Antes de recuperar aquel placer que siempre me generaba el sonido de tu voz y de imaginarte hablándome a mí sola.
Antes, me refugiaba en el calor del lecho y me sentía aliviada, casi dichosa.
El sueño me rodeaba y protegía, como los brazos de un amante gentil y afectuoso. Cerraba los ojos, dejaba escapar un suspiro y me podía hundir en la nada, en un silencio absoluto y sin nostalgias, sin recuerdos ni remordimientos.
Me costaba despertarme, regresar a un mundo real donde todo era gris, monótono, demasiado previsible e inevitable.
Ahora, todo eso se ha perdido.
Me sumerjo entre sábanas y cobertores y el sueño huye, dejándome indefensa, helada y llena de incertidumbres.
Doy vueltas y más vueltas, como en la vieja calesita de mi infancia. Los números luminosos del radio reloj me cuentan cómo van pasando las horas, cómo se fuga la noche blanca que me acompaña desde que volvimos a encontrarnos.
Con las primeras luces del alba, caigo vencida por un sueño perseguido de imágenes agitadas. Y al despertarme, me pregunto si volveré a verte de nuevo para sentirme feliz.***

Sin verla


La gente habla, murmura, grita, se lamenta. De vez en cuando, alguien suelta una carcajada. Un niño pequeño lanza un chillido y rompe a llorar. Una mujer inicia una serie interminable de rezongos y un hombre le responde con protestas.
A lo lejos, se oye el estruendo de una moto con el escape abierto. Algo más cerca, automóviles que pasan en ambas direcciones. Al acercarse a la esquina, un camión pesado hace sonar una bocina que se parece a la sirena de un barco.
Los sonidos se mezclan, se anudan, se confunden, como en una procesadora gigante; pero yo puedo separarlos, identificarlos uno por uno, porque soy ciego.
Sé lo que pasa más allá de estas cuatro paredes que me rodean, más allá de esta ventana entreabierta durante el verano, de aquel zaguán umbroso y perfumado de malvones que da ingreso a mi casa. El mundo no tiene misterios para mí.
Y gracias a mi ceguera, sé que ella ha dejado de quererme. Ella, mi mujer, mi compañera, la guardiana de mi salud y mi destino. Aunque siga alcanzándome los medicamentos, ayudándome a vestirme, preparando mis comidas y acompañándome, sé que ya no me ama.
Sus manos me rozan, pero están desnudas de caricias. Siento su mirada, pero ya no me llega la calidez del amor que había en ella. Hay una serena resignación en su presencia, pero no afecto ni ternura.
Hay otro hombre en su vida, lo adivino, lo presiento.
No puedo ver sus ojos, ni la expresión de su rostro cuando alguien lo nombra, pero no lo necesito. Porque soy ciego, puedo sentir lo que ella siente, puedo percibirlo sin necesidad de verla. Lo noto por el acento de voz cuando pronuncia ese nombre. Por las vibraciones que adquiere cuando habla de él, opina sobre él, comenta cosas sencillas y triviales que lo involucran de cualquier manera.
Piensa en él. Lo adivino cuando se queda callada y sus silencios se extienden cargados de nostalgias, nostalgias de esos momentos que quisiera compartir con él y no puede. No puede, porque estoy yo.
Está sufriendo: sé que está sufriendo. Me entristece, pero no voy a hacer nada para aliviar su sufrimiento. Aún sin alegría, aún resignada y doliente, ella seguirá aquí, a mi lado, acompañándome, cuidándome, atendiéndome. Porque yo la necesito y la amo; aunque parezca que mi amor es egoísta y mezquino. No voy a dejarla ir.
Me refugio en las sombras cargadas de sonidos y percepciones que me rodean y decido que ella seguirá siendo mía para siempre. Porque sé que nunca se atreverá a decirme que no me ama. Y yo jamás le diré que sé que la he perdido.***

La gacela fugitiva


“Finalmente, he comprendido que es inútil continuar esperando. La paciencia es una gacela esquiva que huye raudamente para buscar refugio entre los árboles del bosque”.
Punto final. Enter. Cerrar el programa. Apagar el equipo.
Con los ojos humedecidos por las lágrimas, se puso de pie y abandonó el pequeño cuarto que le servía de escritorio. Recorrió la casa en penumbras hasta llegar a la puerta y salió a la calle, solitaria y silenciosa.
Solo se veían algunos autos y sus conductores, anónimos e indiferentes, manejaban mirando al frente, aferrados al volante como si de ello dependiera su vida. Los imaginó ansiosos por llegar a los hogares donde, seguramente, los aguardaba una reconfortante cena en la mesa familiar.
Pero no los envidió. Había tenido un hogar, también, y una familia; había preparado almuerzos y cenas, había sido hija, esposa, madre, pero todo había pasado a ser una serie de recuerdos grabados en el disco rígido de su memoria.
No añoraba el hogar, pero sentía el peso de la soledad como una cruz invisible que cargaba sobre los hombros.
Las sombras de la noche se estiraban a su paso, lentas y perezosas. Se enredaban en las ramas de los árboles, convertidos en gigantes de aparatosos brazos abiertos. Se ocultaban en los zaguanes, transformados en monstruos de bocas desdentadas que se abrían amenazando devorarla. Eso le había dicho su madre, cuando era niña: “cuidado con los zaguanes, sirven para que se oculten los delincuentes y los asesinos, acechando para atrapar a alguien”. Sonrió al recordarlo.
No tenía miedo. Una vez finalizada su infancia, nunca lo había tenido. Ahora, dicen los periódicos que los maleantes se esconden en las plazas, entre los autos detenidos, detrás de los contenedores con escombros de las viejas casas que han sido derruidas para construir otras nuevas en su lugar. Pero, pensó, ¿a mí, qué pueden robarme? El único tesoro que le había quedado, el único que había conservado con esperanzado anhelo, el que había cuidado tercamente, empecinadamente, obstinadamente, a lo largo de días, semanas, meses, milenios de paciencia, había sido la esperanza del regreso. Del regreso del hombre. De la voz del hombre, otra vez cercana y cálida, preguntándole, respondiéndole, comentándole pequeñas cosas triviales, nimias, que para ella serían tan valiosas como la más importante de las confesiones.
La bocina de un auto la sobresaltó. Entonces, se dio cuenta de que había estado a punto de cruzar la calle sin mirar, guiándose simplemente por la ausencia de sonidos y por la no poco razonable suposición de que a esa hora ya no había riesgo de ser atropellada por una conductor apresurado. Había sido un error. Igual que la espera, igual que la paciencia, igual que todo aquel monto inconmensurable de amor y de ilusiones depositados en esa presencia elusiva y casi fantasmal cuyo nombre le dolía como una daga clavada en el alma.
Pero, recordó de repente, él le había prometido el regreso. Había una conversación pendiente. Había preguntas en su corazón, esperando las respuestas que él le había asegurado, con su sonrisa cálida y la diáfana sinceridad de sus ojos castaños, la última vez que se vieron. Preguntas que él no tuvo tiempo de responder. Que no pudo responder. ¿Qué no quiso responder?
Da lo mismo, se dijo, mientras dudaba unos segundos entre ingresar a la agencia de remises para esperar un auto que la llevara hasta el centro, o aventurarse en el parque silencioso y oscuro, posible hospedaje de ignotas amenazas.
Por unos segundos, levantó la vista y vio la luna en el cielo, una luna llena enorme y redonda, brillando con audacia, desvergonzada, valientemente, en medio de un firmamento de terciopelo negro.
Al bajar la vista de nuevo, le pareció ver una gacela de silueta esquiva, que antes de ingresar entre los árboles de la plaza se volvía a mirarla. Sin dudarlo más, cruzó la calle y se internó entre las sombras ominosas del parque. Tal vez allí, se dijo, encontraría las respuestas que el hombre no había querido darle. Tal vez.**

En la montaña


Ella siempre había deseado subir por el caminito empinado que llevaba a la cumbre del cerro, pero nunca se había atrevido. Cuando era pequeña, se quedaba horas de pie, mirando con ojitos curiosos el andar parejo y firme de los jóvenes que subían por el primer tramo del sendero, entre risas y comentarios en voz alta.
“No hay nada que deba interesarte allá arriba”, le había dicho la madre, respondiendo a sus inquietudes infantiles.”Todo lo que una mujer desea en la vida, está allá abajo, en el pueblo”, le decía. Pero no le explicó de qué se trataba.
En la adolescencia, muchas veces sus vecinas, sus compañeras de escuela y algunas amigas de otros pueblos que se acercaban a pasar allí sus vacaciones, la invitaban a subir con ellas. Pero la madre continuaba firme en la negativa, y ella no se atrevió a contradecirla.
Con el paso del tiempo, juntó coraje para preguntarle qué era lo aquello que debía estar esperándola en el pueblo, que para entonces crecía a un ritmo sostenido y había transformado en una ciudad. Entonces, la madre le dijo: “Si aún no te has dado cuenta, es porque todavía no estás en condiciones de entenderlo”.
Años más tarde, resignada ya a permanecer en el poblado pintoresco donde había crecido, hizo lo que todas las mujeres hacen, más tarde o más temprano: enamorarse, hacer el amor, tener hijos, criarlos, verlos crecer y alejarse en busca de su propio destino. Sólo que ella no imitó a su madre. No intentó convencerlos de la importancia de quedarse, de esperar ese algo inalcanzable e ignoto que a lo largo de su vida había continuado siendo un misterio. En cambio, los dejó ir, libremente, sin condicionamientos ni prevenciones.
Pero ahora estaba sola. Y de repente, volvió a sentir el apremiante deseo de iniciar el ascenso por el senderito de piedras, bordeado por arbustos espinosos y setos con flores silvestres. Se acercó despacio, con pasos lentos y cautelosos, y se quedó largo rato de pie, observando el estallido de color de las flores y sintiendo como el aroma salvaje de la naturaleza la iba impregnando lentamente.
Por fin, empujada por una fuerza que se incrementaba con cada paso, fue ascendiendo sin vacilaciones, respirando con avidez el aire límpido y sereno, disfrutando del viento que golpeaba su rostro y enredaba sus cabellos, vibrando con un placer que nunca antes había conocido, un placer primitivo, sencillo y armonioso, desconocido para ella.
Miraba hacia arriba y veía el cielo azul-celeste, bordado con nubes color nieve y destellos dorados del sol que se escondía furtivamente en el horizonte, más allá de unas cumbres que parecían alejarse a medida que avanzaba. Sin embargo, no se sintió cansada, sino profundamente feliz.
Cuando se volvió para mirar el paisaje que iba quedando a sus espaldas, pudo ver con claridad los perfiles de la ciudad que se extendía mucho más allá del lugar donde había iniciado su camino. La vio hermosa, elevándose altanera y espléndida, pletórica de vida y de movimiento, y sintió que, aún sin conocerla, también la amaba.
Respiró hondo, dejó escapar un largo suspiro y de repente supo, instintivamente, lo que su madre nunca le había dicho. Algo que hacía importante y valioso aquel ascenso, algo que otorgaba sentido al resto de su vida.
Supo que allá abajo, en la ciudad, había un hombre esperando: un hombre esperando a una mujer. Y que esa mujer esperada era ella...aunque, tal vez, él aún no lo sabía.***

En la Playa


La mujer abrió la ventana de la cocina y el sol de finales de otoño le entibió el rostro. Se quitó el delantal y repasó mentalmente el inventario de su vida: en la sala estaba su marido, mirando un partido de fútbol por televisión. En la habitación del fondo, su hija escribía cartas de amor al enamorado de turno. En el otro cuarto, el hijo adolescente fumaba sentado junto a la ventana abierta, para evitar que el humo delatara su falta. El perro dormía la siesta al sol, dichoso como sólo los perros pueden serlo.
La mujer recordó que en pocos días sería su cumpleaños y se sintió triste.
Se deslizó en silencio hacia el patio, cruzó la puerta de rejas que le franqueaba el paso hasta el jardín y atravesó la acera. Empezó a bajar despacio por la callecita empedrada que conducía a la playa. Se quitó los zapatos y caminó en la arena húmeda, pensando.
Entonces, apareció el hombre. Era delgado, bronceado, y el viento marino le revolvía los cabellos plateados. Cuando estuvieron cerca, vio que sus ojos eran marrones y le pareció que la miraban con ternura. La saludó con un movimiento de cabeza, agitando una mano, y continuó trotando.
La mujer lo miró mientras se alejaba, sintiendo que ya lo conocía de antes, de algún pretérito tiempo en que aún tenía el cabello castaño y era joven y hermoso. Las huellas de los pies masculinos quedaron grabadas en la arena, dibujando un camino que conducía quién sabe hacia dónde.
Se sentó junto al único árbol de la playa y empezó a escribir los nombres de todos los hombres que habían amado a lo largo de su vida. Vaciló unos minutos y se quedó mirando el vaivén de las olas, que retrocedían y avanzaban, ganando espacio en la arena. Volvió a inclinarse y dibujó el nombre de aquel que se había cruzado con ella en la playa.
Después, se levanto despacito y permaneció allí, mirando cómo las olas iban borrando una a una las letras, llevándose las huellas de las pisadas para dejar a cambio un sinnúmero de conchillas de colores.
Regresó a su casa, lentamente. Cuando llegó, lo primero que oyó fueron los gritos de su marido y su hijo, festejando un gol de su equipo favorito. Desde el cuarto de su hija llegaba una melodía romántica, que hablaba de promesas de encuentros amorosos. Recordó al hombre de la playa y se sintió feliz.***