
Manuel y Eliana se encontraron en la puerta del local, se miraron, y luego de una vacilación que podría haber pasado inadvertida por cualquiera, menos por ellos mismos, se acercaron y se saludaron con un beso.
Ella sintió la fugacidad del beso y el dolor le llegó como un estilete clavado en el medio del pecho. Pero, sin embargo, la voz de él había sonado amable y afectuosa al decirle "hola", así que decidió conservar el lugarcito reservado para la esperanza.
El percibió la tibieza del beso de ella y lo tradujo como un mensaje de ternura. Sintió una calidez casi embriagadora recorriéndole el pecho, pero evitó descubrirse desviando la mirada.
La noche caía lentamente sobre las calles que los primeros fríos de un invierno prematuro convertían en desiertas.
A lo lejos, sobre la línea del horizonte demarcada por viejos edificios y siluetas de árboles que jamás habían sido podados, avanzaba una columna de nubarrones negros, iluminados de tanto en tanto por el resplandor instantáneo de un relámpago.
La gente seguía llegando a la reunión, sin embargo. La mayoría de ellos en sus automóviles, un par de jóvenes en una vieja moto, una mujer de aspecto cansado y vestiduras humildes llegó en un bicicleta. Todos se saludaban afectuosamente, con intercambio de besos, abrazos y alguna que otra sonrisa.
Eliana los miraba con envidia, sintiendo que aquella sencilla manera de serenidad que demostraban nunca podría ser para ella. Y todo, porque se había enamorado de aquel hombre inaccesible, gentil y caballero, que podía permitirse el lujo de guardar sus sentimientos bajo un hermetismo indescifrable, que amenazaba ser definitivo y permanente.
En el salón se haría un acto de homenaje a uno de los muertos en el accidente del día anterior, que había dejado al pueblo sumido en el desconcierto y la tristeza. Porque era una linda familia, era un hombre joven y una mujer bella y radiante, y dos pequeños hijos hermosos, sanos y vitales, y siempre pensamos que la muerte es injusta al escoger a quienes se lleva entre sus brazos.
Lo dijo el Pastor, con su selección de textos bíblicos, pero sobre todo, lo dijo aquella mujer humilde de manos ajadas y rostro cubierto de arrugas. "Ellos eran mi única familia en este mundo, y los he perdido. Y ahora siento que la única razón por la que tengo esperanzas de seguir adelante en este mundo es la certeza de que siempre les hice saber cuánto los amaba. A cada uno de ellos: a mi hijo, a mi nuera, a mis nietos. La noche anterior del accidente habían estado en mi casa y antes de irse, les abracé muy fuerte y les dije: Gracias por haber estado conmigo. Me han hecho muy feliz. Los quiero mucho, con todo mi corazón. Sé que se fueron sabiendo que los amaba, y este es el mejor regalo que les podemos dar a los demás: decirles en vida cuánto los amamos. Y como nadie sabe cuándo será el final de la vida, es mejor decirlo hoy".
La mujer calló y todos la aplaudieron, con lágrimas en los ojos. Eliana se acercó a la mujer y le dio las gracias, con un abrazo intenso y apretado.
Cuando salió a la calle -absolutamente en sombras y helada- advirtió que Juan Manuel la estaba esperando. Lo miró a los ojos y él le sostuvo la mirada. Se acercó a ella y extendió las manos para tomar las suyas.
"Eliana...", dijo. "Hoy puede ser el último día de nuestras vidas..."
Ella asintió con la cabeza, mientras sus ojos se iban llenando de lágrimas.
Al mismo tiempo, los dos pronunciaron las palabras que durante tanto tiempo habían estado atesorando para una mejor ocasión, tras un manto permanentemente reinventado de dudas y prejuicios. Ella dijo: "te amo". El dijo: "te amo".
Permanecieron abrazados durante unos minutos, embargados por una emoción intensa y profunda. Después, echaron a caminar calle abajo, tomados de la mano.
Ella sintió la fugacidad del beso y el dolor le llegó como un estilete clavado en el medio del pecho. Pero, sin embargo, la voz de él había sonado amable y afectuosa al decirle "hola", así que decidió conservar el lugarcito reservado para la esperanza.
El percibió la tibieza del beso de ella y lo tradujo como un mensaje de ternura. Sintió una calidez casi embriagadora recorriéndole el pecho, pero evitó descubrirse desviando la mirada.
La noche caía lentamente sobre las calles que los primeros fríos de un invierno prematuro convertían en desiertas.
A lo lejos, sobre la línea del horizonte demarcada por viejos edificios y siluetas de árboles que jamás habían sido podados, avanzaba una columna de nubarrones negros, iluminados de tanto en tanto por el resplandor instantáneo de un relámpago.
La gente seguía llegando a la reunión, sin embargo. La mayoría de ellos en sus automóviles, un par de jóvenes en una vieja moto, una mujer de aspecto cansado y vestiduras humildes llegó en un bicicleta. Todos se saludaban afectuosamente, con intercambio de besos, abrazos y alguna que otra sonrisa.
Eliana los miraba con envidia, sintiendo que aquella sencilla manera de serenidad que demostraban nunca podría ser para ella. Y todo, porque se había enamorado de aquel hombre inaccesible, gentil y caballero, que podía permitirse el lujo de guardar sus sentimientos bajo un hermetismo indescifrable, que amenazaba ser definitivo y permanente.
En el salón se haría un acto de homenaje a uno de los muertos en el accidente del día anterior, que había dejado al pueblo sumido en el desconcierto y la tristeza. Porque era una linda familia, era un hombre joven y una mujer bella y radiante, y dos pequeños hijos hermosos, sanos y vitales, y siempre pensamos que la muerte es injusta al escoger a quienes se lleva entre sus brazos.
Lo dijo el Pastor, con su selección de textos bíblicos, pero sobre todo, lo dijo aquella mujer humilde de manos ajadas y rostro cubierto de arrugas. "Ellos eran mi única familia en este mundo, y los he perdido. Y ahora siento que la única razón por la que tengo esperanzas de seguir adelante en este mundo es la certeza de que siempre les hice saber cuánto los amaba. A cada uno de ellos: a mi hijo, a mi nuera, a mis nietos. La noche anterior del accidente habían estado en mi casa y antes de irse, les abracé muy fuerte y les dije: Gracias por haber estado conmigo. Me han hecho muy feliz. Los quiero mucho, con todo mi corazón. Sé que se fueron sabiendo que los amaba, y este es el mejor regalo que les podemos dar a los demás: decirles en vida cuánto los amamos. Y como nadie sabe cuándo será el final de la vida, es mejor decirlo hoy".
La mujer calló y todos la aplaudieron, con lágrimas en los ojos. Eliana se acercó a la mujer y le dio las gracias, con un abrazo intenso y apretado.
Cuando salió a la calle -absolutamente en sombras y helada- advirtió que Juan Manuel la estaba esperando. Lo miró a los ojos y él le sostuvo la mirada. Se acercó a ella y extendió las manos para tomar las suyas.
"Eliana...", dijo. "Hoy puede ser el último día de nuestras vidas..."
Ella asintió con la cabeza, mientras sus ojos se iban llenando de lágrimas.
Al mismo tiempo, los dos pronunciaron las palabras que durante tanto tiempo habían estado atesorando para una mejor ocasión, tras un manto permanentemente reinventado de dudas y prejuicios. Ella dijo: "te amo". El dijo: "te amo".
Permanecieron abrazados durante unos minutos, embargados por una emoción intensa y profunda. Después, echaron a caminar calle abajo, tomados de la mano.






