
Encendió el acondicionador de aire y la computadora, dejó escapar un suspiro de alivio y se dejó caer en el sillón giratorio, agotado por el esfuerzo de atravesar el estacionamiento que el sol de diciembre convertía en una caldera.
Se dejó estar unos minutos, mientras el aire fresco iba absorbiendo el olor a pintura fresca y papeles húmedos que lo recibiera al ingresar. Sobre el escritorio lo aguardaban docenas de carpetas prolijamente apiladas: las azules, declaraciones juradas; las verdes, actualizaciones impositivas. Las rosas, facturaciones comerciales listas para ordenar.
Números. Operaciones matemáticas. Nombres. Horas y horas de trabajo, de concentración, de cansancio. Horas que transcurrían privadas del afecto, del placer, del ocio. Horas que habían dejado de pertenecerle. Trabajo. Trabajo y más trabajo. Tiempo que se fue, irremediablemente. Tiempo sin retorno.
En algún momento de este camino, algo de su vida se había ido perdiendo también. Conservaba su familia, sí: una mujer, hijos, hasta un par de hermosos nietos, que lo miraban con afecto, lo abrazaban, compartían con él reuniones familiares, conversaban, intercambiaban opiniones sobre los acontecimientos de la rutina cotidiana. Pero podía percibir que algo estaba faltando en su vida. Algo que había tenido, que lo había hecho profundamente feliz, y que había perdido. Y lo sabía porque había empezado a sentirse solo.
Echó una mirada fugaz al teléfono, inmóvil y silencioso testigo del descubrimiento de su soledad y se preguntó por qué no sonaba. Ella debería llamarlo, como solía hacerlo, con alguna de esas excusas ingenuas y sin fundamento que le hacían sonreír. Por el solo placer de oírlo, había dicho ella varias veces; porque le gustaba su voz, su manera de hablarle, solamente por eso.
No podía aceptar que ella no lo llamara. Aunque él era el único responsable de ese silencio, porque le había contado que estaba abrumado por el trabajo y no encontraba el tiempo para finalizar, de una vez por todas, con esa interminable serie de compromisos que le caían encima cuando estaba por terminar el año. Seguramente ella sintió que debía respetar su tiempo, hacerse a un lado para que pudiera ocuparse de su tarea sin interrupciones ni distracciones. Por eso no lo llamaba.
Porque –él bien lo sabía-, además de amarlo, ella lo respetaba.
Se sorprendió él mismo del pensamiento: ella lo amaba. Hablar de amor, del amor de una mujer, ¿tenía derecho a hacerlo? Por un momento, se sintió culpable. Pero no podía negar la realidad: ella lo amaba, aunque no lo hubiera dicho nunca con palabras. Porque se lo confesaba con sus ojos, brillantes de ternura cuando lo escuchaba, siguiendo sus palabras como si fueran un tesoro que podía mantener atrapado con la mirada. Con la tibieza de sus manos, cuando se extendían para saludarlo y se quedaban unos segundos aferradas a las suyas. Cuando le hacía confidencias, le pedía consejos, le transmitía sus dudas.
Sin embargo, él estaba seguro de no haber hecho nada para alentar aquellos sentimientos; siempre había conservado la distancia, una distancia prudente y protectora, destinada a evitar la posibilidad de generar falsas ilusiones. Para él, ella era una amiga. Una amiga apreciada, valiosa, querida, pero no más que una amiga. Si le gustaba hablar con ella era porque tenían gustos afines, opiniones semejantes, anhelos comunes, inclinaciones espirituales compartidas. Por eso podían hablar durante horas, frente a frente o por teléfono. Por eso podían extrañarse, desear un encuentro, hacerse confidencias y darse aliento para enfrentar las situaciones difíciles que cada uno pudiera encontrar circunstancialmente en algún momento de la vida. Él la quería como amiga, sólo eso. Y como amiga, la extrañaba.
Pero sabía que el sentimiento de ella era algo más profundo y significativo, y estaba dispuesto a entender que se hubiera cansado de esperar en vano que él le correspondiera de la misma manera. Tal vez por eso había decidido no llamarlo más.
Pasó dos, tres, cuatro horas dedicado al trabajo. De tanto en tanto, miraba hacia el silencioso teléfono, ofendido y molesto porque no respondía a sus deseos. Finalmente, el ardor de los ojos cansados le indicó que había llegado la hora de volver a su casa. Ordenó el escritorio, apagó el ordenador, el acondicionador de aire y las luces, y emprendió el camino hacia la puerta que conducía al estacionamiento.
Acababa de cerrar con llave cuando el teléfono empezó a sonar. El corazón le dio un vuelco, los latidos se apresuraron, y una ansiedad incontrolable lo dominó mientras volvía a abrir la puerta y desandaba casi corriendo el trayecto hacia el escritorio. Entonces, cuando descolgó el tubo y escuchó la voz de ella, comprendió que se había estado mintiendo a sí mismo durante todos aquellos meses en que la llamaba amiga. Porque ella le dijo: “hola”, y el corazón le saltó de regocijo. Mientras el sonido de la voz femenina lo llenaba de una dulce embriaguez, supo con certeza que él también la amaba.
Se dejó estar unos minutos, mientras el aire fresco iba absorbiendo el olor a pintura fresca y papeles húmedos que lo recibiera al ingresar. Sobre el escritorio lo aguardaban docenas de carpetas prolijamente apiladas: las azules, declaraciones juradas; las verdes, actualizaciones impositivas. Las rosas, facturaciones comerciales listas para ordenar.
Números. Operaciones matemáticas. Nombres. Horas y horas de trabajo, de concentración, de cansancio. Horas que transcurrían privadas del afecto, del placer, del ocio. Horas que habían dejado de pertenecerle. Trabajo. Trabajo y más trabajo. Tiempo que se fue, irremediablemente. Tiempo sin retorno.
En algún momento de este camino, algo de su vida se había ido perdiendo también. Conservaba su familia, sí: una mujer, hijos, hasta un par de hermosos nietos, que lo miraban con afecto, lo abrazaban, compartían con él reuniones familiares, conversaban, intercambiaban opiniones sobre los acontecimientos de la rutina cotidiana. Pero podía percibir que algo estaba faltando en su vida. Algo que había tenido, que lo había hecho profundamente feliz, y que había perdido. Y lo sabía porque había empezado a sentirse solo.
Echó una mirada fugaz al teléfono, inmóvil y silencioso testigo del descubrimiento de su soledad y se preguntó por qué no sonaba. Ella debería llamarlo, como solía hacerlo, con alguna de esas excusas ingenuas y sin fundamento que le hacían sonreír. Por el solo placer de oírlo, había dicho ella varias veces; porque le gustaba su voz, su manera de hablarle, solamente por eso.
No podía aceptar que ella no lo llamara. Aunque él era el único responsable de ese silencio, porque le había contado que estaba abrumado por el trabajo y no encontraba el tiempo para finalizar, de una vez por todas, con esa interminable serie de compromisos que le caían encima cuando estaba por terminar el año. Seguramente ella sintió que debía respetar su tiempo, hacerse a un lado para que pudiera ocuparse de su tarea sin interrupciones ni distracciones. Por eso no lo llamaba.
Porque –él bien lo sabía-, además de amarlo, ella lo respetaba.
Se sorprendió él mismo del pensamiento: ella lo amaba. Hablar de amor, del amor de una mujer, ¿tenía derecho a hacerlo? Por un momento, se sintió culpable. Pero no podía negar la realidad: ella lo amaba, aunque no lo hubiera dicho nunca con palabras. Porque se lo confesaba con sus ojos, brillantes de ternura cuando lo escuchaba, siguiendo sus palabras como si fueran un tesoro que podía mantener atrapado con la mirada. Con la tibieza de sus manos, cuando se extendían para saludarlo y se quedaban unos segundos aferradas a las suyas. Cuando le hacía confidencias, le pedía consejos, le transmitía sus dudas.
Sin embargo, él estaba seguro de no haber hecho nada para alentar aquellos sentimientos; siempre había conservado la distancia, una distancia prudente y protectora, destinada a evitar la posibilidad de generar falsas ilusiones. Para él, ella era una amiga. Una amiga apreciada, valiosa, querida, pero no más que una amiga. Si le gustaba hablar con ella era porque tenían gustos afines, opiniones semejantes, anhelos comunes, inclinaciones espirituales compartidas. Por eso podían hablar durante horas, frente a frente o por teléfono. Por eso podían extrañarse, desear un encuentro, hacerse confidencias y darse aliento para enfrentar las situaciones difíciles que cada uno pudiera encontrar circunstancialmente en algún momento de la vida. Él la quería como amiga, sólo eso. Y como amiga, la extrañaba.
Pero sabía que el sentimiento de ella era algo más profundo y significativo, y estaba dispuesto a entender que se hubiera cansado de esperar en vano que él le correspondiera de la misma manera. Tal vez por eso había decidido no llamarlo más.
Pasó dos, tres, cuatro horas dedicado al trabajo. De tanto en tanto, miraba hacia el silencioso teléfono, ofendido y molesto porque no respondía a sus deseos. Finalmente, el ardor de los ojos cansados le indicó que había llegado la hora de volver a su casa. Ordenó el escritorio, apagó el ordenador, el acondicionador de aire y las luces, y emprendió el camino hacia la puerta que conducía al estacionamiento.
Acababa de cerrar con llave cuando el teléfono empezó a sonar. El corazón le dio un vuelco, los latidos se apresuraron, y una ansiedad incontrolable lo dominó mientras volvía a abrir la puerta y desandaba casi corriendo el trayecto hacia el escritorio. Entonces, cuando descolgó el tubo y escuchó la voz de ella, comprendió que se había estado mintiendo a sí mismo durante todos aquellos meses en que la llamaba amiga. Porque ella le dijo: “hola”, y el corazón le saltó de regocijo. Mientras el sonido de la voz femenina lo llenaba de una dulce embriaguez, supo con certeza que él también la amaba.
No hay comentarios:
Publicar un comentario