
Un día de otoño llegué a este puerto desconocido, lleno de excitación, curiosidad y anhelos.
Dejé mi nave amarrada y descendí, inquieta y presurosa, para comenzar a recorrer las calles, las plazas, los senderos, los comercios...
Pasado el primer impulso mis pasos fueron precavidos. Avanzaba mirando cada puerta, cada casa, cada árbol, cada sombra...
En algún momento hallé una mano que se tendió para aferrar la mía, una mano tibia y afectuosa que me brindó apoyo, amparo y compañía. Tomada de esa mano recorrí nuevos lugares y aprendí el sentido de frases y palabras foráneas, hasta entonces desconocidas para mí. Conocí otra gente, algunos amables y afectuosos, otras reservadas, calladas y solemnes. Algunas se ganaron mi cariño, otras, se dejaron conquistar por mi sonrisa y esa inacabable ansiedad de convertirme en descubridora de senderos.
Ahora me doy cuenta que mi nave ha estado amarrada demasiado tiempo en este puerto.
Que la mano que me sostenía se ha ido debilitando poco a poco.
Que ya no me acompaña ni sostiene.
Que las luces se han apagando una a una, para dar lugar a tantas sombras...
Ya no siento afecto ni apego, ni veo sonrisas respondiendo a las mías.
¿Todo se ha convertido en rutina, será tan solo eso?
He pasado días dudando. Al fin, me he decidido a levar anclas.
Sin ceremonias ni despedidas, sin lágrimas, abrazos ni lamentos.
Ha llegado la hora de soltar amarras.
Y mientras la costa, ya sin misterios ni atractivos para mí, comienza a alejarse, el mar se convierte en un espacio de insondable distancia que me separa de aquella mano tendida, que tal vez, haya encontrado alguna otra para sostener.
Levanto la mía y digo adiós.
1 comentario:
Mi otro yo, eres la caña. Mujer de mástil. Mujer-mujer. Levanto mi copa por ti, ah!, y soy una mujer!
Eres toda, mundo, magia, verdad. Ya estás... No dejes de ser tú.
Un besito desde Madrid, España, de otra mujer que se siente mujer-mujer.
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