Qué cansada estoy de tanta soledad. Soledad acompañada, rodeada de gente y de palabras, de silencios curiosos y miradas que no entienden... ni pretenden entender, siquiera.
A la vista de la gente, tengo una buena vida. Alguien que me quiere, una mascota compañera y solidaria, hijos sanos y nietos llenos de vitalidad.
Pero hay un hueco en mi interior que permanece vacío, un hueco cuyas dimensiones desconozco porque no sé de qué manera se puede calcular.
Un hueco donde deberían estar, tal vez, las ilusiones. O tal vez, las esperanzas. O posiblemente, alguna fantasía que me diera impulsos para seguir adelante.
Hay que seguir viviendo, dice la gente. Pase lo que pase, hay que seguir adelante. Y una vez más en mi vida repito este pecado imperdonable que vuelve a hundirme en las sombras: el pecado de pensar.
De pensar y hacerme preguntas. ¿Por qué hay que seguir siempre, indefectiblemente, pase lo que pase, sintamos lo que sintamos, contra viento y marea?
Cuando se muere el amor. Cuando se pierde la juventud. Cuando se acaban las fuerzas. Cuando se termina la alegría. Cuando la muerte empieza a quitarnos los seres más queridos. Cuando ya no podemos creer en los otros. Cuando hasta la fe se ha convertido en solo una palabra sin sentido.
¿Hay que seguir? ¿Por qué...?
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