sábado, 19 de mayo de 2007

La espera


Salió al balcón y se quedó de pie, con la copa de vino helado en sus manos, repitiendo el ceremonial que había iniciado desde su llegada a Quito.
Allá abajo, del otro lado de la avenida, se extendía el parque La Carolina, pletórico de verdes. Las sombras alargadas de los árboles se proyectaban sobre los senderos, donde grupos de diversas edades corrían al ritmo parejo y sostenido de quienes están acostumbrados a las prácticas aeróbicas. El sol comenzaba a desaparecer detrás de las montañas, dejando estelas luminosas de rosas, carmesíes y morados. Aún a la distancia, los colores de las flores parecían brillar, rebosantes de vida.
Respiró hondo y sorbió con placer un trago del vino blanco y burbujeante, que la acompañaba en cada uno de sus momentos de nostalgia. Estaba sola, pero la soledad no le pesaba. Era una soledad adoptada voluntariamente, una soledad que había buscado como un refugio para protegerse de la decepción y de la pena.
“Una cobarde”, eso había dicho su madre que era ella. Cobarde, porque había preferido marcharse sin hablar, sin hacer preguntas que obligaran la llegada de respuestas, que le permitieran saber la verdad, la verdad de manera rigurosa y absoluta.
Su hija le había dicho lo mismo, aunque de una manera más sutil. “Hiciste mal en escapar sin saber lo que él pensaba”, esas habían sido sus palabras. Escapar, ser cobarde, era lo mismo. Tal vez tenían las dos razón. Ella debería haber encarado al hombre, debería haberlo forzado a hablar, obligado a aclarar el significado de aquella situación ambigua que habían estado viviendo durante tanto tiempo.
Las sombras de la noche avanzaban, invadiendo los senderos, mientras los grupos familiares que hasta hacía pocos minutos habían estado compartiendo un encuentro feliz en el parque comenzaban a retirarse, entre risas y comentarios que a lo lejos se adivinaban amenos y afectuosos.
Sí, tal vez ella debería haberse atrevido a enfrentar abiertamente al hombre. Tal vez de esa manera él hubiera dicho la verdad, y esa verdad la hubiera liberado de la incertidumbre, de las dudas, de la desconfianza que la habían estado torturando durante tanto tiempo. Sin embargo, no se había atrevido.
Pero había tenido paciencia, eso sí. Había aguardado durante meses, conservando su inalterable sonrisa, su actitud generosa y sus palabras afectuosas, dándole a entender de todas las maneras posibles su afecto. No. Era mentira. No era su afecto lo que ella había querido darle a entender: era su amor. Amor por aquel hombre que se había mantenido a su lado en el sendero de la vida, siempre cercano, siempre accesible, pero a la vez conservando una distancia prudencial, estableciendo entre los dos una invisible línea divisoria que los separaba y mantenía apartados, cada uno en un mundo diferente. Como en El Túnel tan sabiamente descripto por Ernesto Sábato, dos seres transitando por caminos paralelos, muy cercanos, casi rozándose, pero sin poder tomarse de la mano. Y ella había querido tomarlo de la mano, más que ninguna otra cosa en su vida había deseado tomarlo de la mano, sentir el contacto tibio de sus dedos transmitiéndose a las suyas, manos cálidas de afecto, de deseo, de pasión contenida y controlada durante tanto tiempo...
Las luces del parque eran escasas, pero el gigantesco pino empezaba a resplandecer con centenares de bombillas de colores que titilaban acompasadamente, como pequeños corazones con vida propia. Era víspera de Nochebuena.
Pensó que debería estar en Buenos Aires, con su madre, su hermana Carmela y su hija, pero no lamentaba haberlas dejado solas. Ellas tampoco habían podido ayudarla a entender el significado de los enigmáticos silencios del hombre, ni sus continuos avances y retrocesos, como si estuviera buscando un contacto y cada vez que estaba a punto de producirse, la percepción de una amenaza oculta lo obligara a replegarse.
Era como un estratega planificando los movimientos de una batalla, pensó. Sólo que ella no quería enfrentarlo en una guerra, quería mirarlo a los ojos sin que él eludiera su mirada. Quería apretar su mano sin que se apresurara a soltarla. Quería aproximarse a él, abrazarlo, sentir la tibieza de su pecho, de sus brazos rodeándola con un amor que ya nunca podría saber si alguna vez había sentido por ella.
Las lágrimas contenidas comenzaban a arderle en los ojos. Se había acostumbrado a controlar el llanto, a disimular sus emociones. No quería inspirar la compasión de nadie.
¿Fue por eso que había decidido marcharse? Su madre la llamó cobarde. Su hija confirmó el veredicto. Pero, ¿qué podría haber hecho ella? ¿Enfrentarlo, preguntarle si estaba enamorado de ella? ¿Confesarle que lo amaba, que desde el siglo pasado lo amaba, que desde tiempos inmemoriales lo amaba, que desde alguna recóndita vida anterior sentía que lo amaba, y sólo quería saber si él sentía al menos la tercera parte de aquel amor?
No. No hubiera podido hacerlo, se dijo, mientras algunas lágrimas rebeldes comenzaban a deslizarse por sus mejillas, coincidiendo con las primeras gotas de la inevitable lluvia nocturna del invierno quiteño.
Sintió frío. Se llevó la copa a los labios, bebió un trago despaciosamente, saboreando el sabor dulzón y sintiendo que aquel era el único placer que aún disfrutaba en la vida de mujer solitaria y sin ilusiones.
Aunque, en el fondo de su alma, siempre quedaba alguna esperanza. La llovizna arreciaba. Había adoptado la forma de finas agujitas, que caían y se deslizaban clavándose en su rostro y sus brazos. La esperanza era que él llamara. Que después de confirmar que ella no iba a hablarle, ni a escribirle, ni siquiera iba a enviarle uno de sus habituales mensajes por correo electrónico, decidiera averiguar dónde estaba y la llamara. Por eso no salía casi nunca, esperando que el teléfono sonara, que al levantar el tubo le llegara desde el otro lado la voz cálida, llena de vibraciones afectuosas y con aquella vieja alegría que tantas veces había percibido en él cuando ella lo llamaba.
Pero el teléfono estaba empeñado en un obstinado silencio.
La noche seguía invadiendo los espacios familiares, los transeúntes habían desaparecido de las calles, los automóviles parecían multiplicarse por la avenida, mientras las casitas emplazadas en las laderas del volcán se iban iluminando, convirtiéndolo en la réplica de un árbol de navidad lleno de vida.
Se dejó caer en la reposera y cerró los ojos, sintiendo que la tristeza y la nostalgia la iban invadiendo lentamente. En ese momento, el teléfono comenzó a sonar. Tuvo un primer impulso de levantarse y correr hacia adentro para descolgarlo, con la ilusión de que fuera él quien estaba llamando. Pero la duda y el miedo resurgieron y se detuvo a pocos pasos de la puerta. El teléfono continuó sonando varias veces, pero ella permaneció allí, demudada, inmóvil, mirándolo como si esperara ver la imagen de la persona al otro lado de la línea materializándose delante del aparato. Hasta que dejó de sonar.***

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