
“Finalmente, he comprendido que es inútil continuar esperando. La paciencia es una gacela esquiva que huye raudamente para buscar refugio entre los árboles del bosque”.
Punto final. Enter. Cerrar el programa. Apagar el equipo.
Con los ojos humedecidos por las lágrimas, se puso de pie y abandonó el pequeño cuarto que le servía de escritorio. Recorrió la casa en penumbras hasta llegar a la puerta y salió a la calle, solitaria y silenciosa.
Solo se veían algunos autos y sus conductores, anónimos e indiferentes, manejaban mirando al frente, aferrados al volante como si de ello dependiera su vida. Los imaginó ansiosos por llegar a los hogares donde, seguramente, los aguardaba una reconfortante cena en la mesa familiar.
Pero no los envidió. Había tenido un hogar, también, y una familia; había preparado almuerzos y cenas, había sido hija, esposa, madre, pero todo había pasado a ser una serie de recuerdos grabados en el disco rígido de su memoria.
No añoraba el hogar, pero sentía el peso de la soledad como una cruz invisible que cargaba sobre los hombros.
Las sombras de la noche se estiraban a su paso, lentas y perezosas. Se enredaban en las ramas de los árboles, convertidos en gigantes de aparatosos brazos abiertos. Se ocultaban en los zaguanes, transformados en monstruos de bocas desdentadas que se abrían amenazando devorarla. Eso le había dicho su madre, cuando era niña: “cuidado con los zaguanes, sirven para que se oculten los delincuentes y los asesinos, acechando para atrapar a alguien”. Sonrió al recordarlo.
No tenía miedo. Una vez finalizada su infancia, nunca lo había tenido. Ahora, dicen los periódicos que los maleantes se esconden en las plazas, entre los autos detenidos, detrás de los contenedores con escombros de las viejas casas que han sido derruidas para construir otras nuevas en su lugar. Pero, pensó, ¿a mí, qué pueden robarme? El único tesoro que le había quedado, el único que había conservado con esperanzado anhelo, el que había cuidado tercamente, empecinadamente, obstinadamente, a lo largo de días, semanas, meses, milenios de paciencia, había sido la esperanza del regreso. Del regreso del hombre. De la voz del hombre, otra vez cercana y cálida, preguntándole, respondiéndole, comentándole pequeñas cosas triviales, nimias, que para ella serían tan valiosas como la más importante de las confesiones.
La bocina de un auto la sobresaltó. Entonces, se dio cuenta de que había estado a punto de cruzar la calle sin mirar, guiándose simplemente por la ausencia de sonidos y por la no poco razonable suposición de que a esa hora ya no había riesgo de ser atropellada por una conductor apresurado. Había sido un error. Igual que la espera, igual que la paciencia, igual que todo aquel monto inconmensurable de amor y de ilusiones depositados en esa presencia elusiva y casi fantasmal cuyo nombre le dolía como una daga clavada en el alma.
Pero, recordó de repente, él le había prometido el regreso. Había una conversación pendiente. Había preguntas en su corazón, esperando las respuestas que él le había asegurado, con su sonrisa cálida y la diáfana sinceridad de sus ojos castaños, la última vez que se vieron. Preguntas que él no tuvo tiempo de responder. Que no pudo responder. ¿Qué no quiso responder?
Da lo mismo, se dijo, mientras dudaba unos segundos entre ingresar a la agencia de remises para esperar un auto que la llevara hasta el centro, o aventurarse en el parque silencioso y oscuro, posible hospedaje de ignotas amenazas.
Por unos segundos, levantó la vista y vio la luna en el cielo, una luna llena enorme y redonda, brillando con audacia, desvergonzada, valientemente, en medio de un firmamento de terciopelo negro.
Al bajar la vista de nuevo, le pareció ver una gacela de silueta esquiva, que antes de ingresar entre los árboles de la plaza se volvía a mirarla. Sin dudarlo más, cruzó la calle y se internó entre las sombras ominosas del parque. Tal vez allí, se dijo, encontraría las respuestas que el hombre no había querido darle. Tal vez.**
Punto final. Enter. Cerrar el programa. Apagar el equipo.
Con los ojos humedecidos por las lágrimas, se puso de pie y abandonó el pequeño cuarto que le servía de escritorio. Recorrió la casa en penumbras hasta llegar a la puerta y salió a la calle, solitaria y silenciosa.
Solo se veían algunos autos y sus conductores, anónimos e indiferentes, manejaban mirando al frente, aferrados al volante como si de ello dependiera su vida. Los imaginó ansiosos por llegar a los hogares donde, seguramente, los aguardaba una reconfortante cena en la mesa familiar.
Pero no los envidió. Había tenido un hogar, también, y una familia; había preparado almuerzos y cenas, había sido hija, esposa, madre, pero todo había pasado a ser una serie de recuerdos grabados en el disco rígido de su memoria.
No añoraba el hogar, pero sentía el peso de la soledad como una cruz invisible que cargaba sobre los hombros.
Las sombras de la noche se estiraban a su paso, lentas y perezosas. Se enredaban en las ramas de los árboles, convertidos en gigantes de aparatosos brazos abiertos. Se ocultaban en los zaguanes, transformados en monstruos de bocas desdentadas que se abrían amenazando devorarla. Eso le había dicho su madre, cuando era niña: “cuidado con los zaguanes, sirven para que se oculten los delincuentes y los asesinos, acechando para atrapar a alguien”. Sonrió al recordarlo.
No tenía miedo. Una vez finalizada su infancia, nunca lo había tenido. Ahora, dicen los periódicos que los maleantes se esconden en las plazas, entre los autos detenidos, detrás de los contenedores con escombros de las viejas casas que han sido derruidas para construir otras nuevas en su lugar. Pero, pensó, ¿a mí, qué pueden robarme? El único tesoro que le había quedado, el único que había conservado con esperanzado anhelo, el que había cuidado tercamente, empecinadamente, obstinadamente, a lo largo de días, semanas, meses, milenios de paciencia, había sido la esperanza del regreso. Del regreso del hombre. De la voz del hombre, otra vez cercana y cálida, preguntándole, respondiéndole, comentándole pequeñas cosas triviales, nimias, que para ella serían tan valiosas como la más importante de las confesiones.
La bocina de un auto la sobresaltó. Entonces, se dio cuenta de que había estado a punto de cruzar la calle sin mirar, guiándose simplemente por la ausencia de sonidos y por la no poco razonable suposición de que a esa hora ya no había riesgo de ser atropellada por una conductor apresurado. Había sido un error. Igual que la espera, igual que la paciencia, igual que todo aquel monto inconmensurable de amor y de ilusiones depositados en esa presencia elusiva y casi fantasmal cuyo nombre le dolía como una daga clavada en el alma.
Pero, recordó de repente, él le había prometido el regreso. Había una conversación pendiente. Había preguntas en su corazón, esperando las respuestas que él le había asegurado, con su sonrisa cálida y la diáfana sinceridad de sus ojos castaños, la última vez que se vieron. Preguntas que él no tuvo tiempo de responder. Que no pudo responder. ¿Qué no quiso responder?
Da lo mismo, se dijo, mientras dudaba unos segundos entre ingresar a la agencia de remises para esperar un auto que la llevara hasta el centro, o aventurarse en el parque silencioso y oscuro, posible hospedaje de ignotas amenazas.
Por unos segundos, levantó la vista y vio la luna en el cielo, una luna llena enorme y redonda, brillando con audacia, desvergonzada, valientemente, en medio de un firmamento de terciopelo negro.
Al bajar la vista de nuevo, le pareció ver una gacela de silueta esquiva, que antes de ingresar entre los árboles de la plaza se volvía a mirarla. Sin dudarlo más, cruzó la calle y se internó entre las sombras ominosas del parque. Tal vez allí, se dijo, encontraría las respuestas que el hombre no había querido darle. Tal vez.**
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