sábado, 19 de mayo de 2007

En la montaña


Ella siempre había deseado subir por el caminito empinado que llevaba a la cumbre del cerro, pero nunca se había atrevido. Cuando era pequeña, se quedaba horas de pie, mirando con ojitos curiosos el andar parejo y firme de los jóvenes que subían por el primer tramo del sendero, entre risas y comentarios en voz alta.
“No hay nada que deba interesarte allá arriba”, le había dicho la madre, respondiendo a sus inquietudes infantiles.”Todo lo que una mujer desea en la vida, está allá abajo, en el pueblo”, le decía. Pero no le explicó de qué se trataba.
En la adolescencia, muchas veces sus vecinas, sus compañeras de escuela y algunas amigas de otros pueblos que se acercaban a pasar allí sus vacaciones, la invitaban a subir con ellas. Pero la madre continuaba firme en la negativa, y ella no se atrevió a contradecirla.
Con el paso del tiempo, juntó coraje para preguntarle qué era lo aquello que debía estar esperándola en el pueblo, que para entonces crecía a un ritmo sostenido y había transformado en una ciudad. Entonces, la madre le dijo: “Si aún no te has dado cuenta, es porque todavía no estás en condiciones de entenderlo”.
Años más tarde, resignada ya a permanecer en el poblado pintoresco donde había crecido, hizo lo que todas las mujeres hacen, más tarde o más temprano: enamorarse, hacer el amor, tener hijos, criarlos, verlos crecer y alejarse en busca de su propio destino. Sólo que ella no imitó a su madre. No intentó convencerlos de la importancia de quedarse, de esperar ese algo inalcanzable e ignoto que a lo largo de su vida había continuado siendo un misterio. En cambio, los dejó ir, libremente, sin condicionamientos ni prevenciones.
Pero ahora estaba sola. Y de repente, volvió a sentir el apremiante deseo de iniciar el ascenso por el senderito de piedras, bordeado por arbustos espinosos y setos con flores silvestres. Se acercó despacio, con pasos lentos y cautelosos, y se quedó largo rato de pie, observando el estallido de color de las flores y sintiendo como el aroma salvaje de la naturaleza la iba impregnando lentamente.
Por fin, empujada por una fuerza que se incrementaba con cada paso, fue ascendiendo sin vacilaciones, respirando con avidez el aire límpido y sereno, disfrutando del viento que golpeaba su rostro y enredaba sus cabellos, vibrando con un placer que nunca antes había conocido, un placer primitivo, sencillo y armonioso, desconocido para ella.
Miraba hacia arriba y veía el cielo azul-celeste, bordado con nubes color nieve y destellos dorados del sol que se escondía furtivamente en el horizonte, más allá de unas cumbres que parecían alejarse a medida que avanzaba. Sin embargo, no se sintió cansada, sino profundamente feliz.
Cuando se volvió para mirar el paisaje que iba quedando a sus espaldas, pudo ver con claridad los perfiles de la ciudad que se extendía mucho más allá del lugar donde había iniciado su camino. La vio hermosa, elevándose altanera y espléndida, pletórica de vida y de movimiento, y sintió que, aún sin conocerla, también la amaba.
Respiró hondo, dejó escapar un largo suspiro y de repente supo, instintivamente, lo que su madre nunca le había dicho. Algo que hacía importante y valioso aquel ascenso, algo que otorgaba sentido al resto de su vida.
Supo que allá abajo, en la ciudad, había un hombre esperando: un hombre esperando a una mujer. Y que esa mujer esperada era ella...aunque, tal vez, él aún no lo sabía.***

No hay comentarios: