sábado, 19 de mayo de 2007

En la Playa


La mujer abrió la ventana de la cocina y el sol de finales de otoño le entibió el rostro. Se quitó el delantal y repasó mentalmente el inventario de su vida: en la sala estaba su marido, mirando un partido de fútbol por televisión. En la habitación del fondo, su hija escribía cartas de amor al enamorado de turno. En el otro cuarto, el hijo adolescente fumaba sentado junto a la ventana abierta, para evitar que el humo delatara su falta. El perro dormía la siesta al sol, dichoso como sólo los perros pueden serlo.
La mujer recordó que en pocos días sería su cumpleaños y se sintió triste.
Se deslizó en silencio hacia el patio, cruzó la puerta de rejas que le franqueaba el paso hasta el jardín y atravesó la acera. Empezó a bajar despacio por la callecita empedrada que conducía a la playa. Se quitó los zapatos y caminó en la arena húmeda, pensando.
Entonces, apareció el hombre. Era delgado, bronceado, y el viento marino le revolvía los cabellos plateados. Cuando estuvieron cerca, vio que sus ojos eran marrones y le pareció que la miraban con ternura. La saludó con un movimiento de cabeza, agitando una mano, y continuó trotando.
La mujer lo miró mientras se alejaba, sintiendo que ya lo conocía de antes, de algún pretérito tiempo en que aún tenía el cabello castaño y era joven y hermoso. Las huellas de los pies masculinos quedaron grabadas en la arena, dibujando un camino que conducía quién sabe hacia dónde.
Se sentó junto al único árbol de la playa y empezó a escribir los nombres de todos los hombres que habían amado a lo largo de su vida. Vaciló unos minutos y se quedó mirando el vaivén de las olas, que retrocedían y avanzaban, ganando espacio en la arena. Volvió a inclinarse y dibujó el nombre de aquel que se había cruzado con ella en la playa.
Después, se levanto despacito y permaneció allí, mirando cómo las olas iban borrando una a una las letras, llevándose las huellas de las pisadas para dejar a cambio un sinnúmero de conchillas de colores.
Regresó a su casa, lentamente. Cuando llegó, lo primero que oyó fueron los gritos de su marido y su hijo, festejando un gol de su equipo favorito. Desde el cuarto de su hija llegaba una melodía romántica, que hablaba de promesas de encuentros amorosos. Recordó al hombre de la playa y se sintió feliz.***

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