
Ella caminaba por la playa sin rumbo, con la vista perdida en el espacio infinito, sin pensar en nada, libre de recuerdos y nostalgias. Sus pies desnudos se hundían en la arena todavía caliente. Su única vestidura era un pareo floreado, que anudado a su cintura le llegaba casi hasta los tobillos. Sus senos desnudos se erguían sin vergüenza, satisfechos de recibir el beso del viento salino. Apenas un metro a su izquierda el mar avanzaba inexorablemente, rompiendo en forma de olas que se disolvían para tomar la forma de lenguas de agua espumosa y fresca.
No era la única en la playa. Una pareja mayor, tendida en sus reposeras, la vieron pasar con indiferencia. Más adelante, un grupo de chiquillos corría detrás de una pelota. Una mujer muy delgada yacía sobre una toalla multicolor, con los brazos extendidos sobre la cabeza; sus senos muy pequeños, casi infantiles, brillaban relejando los últimos rayos solares sobre la superficie aceitosa del bronceador.
A lo lejos, apareció la silueta de un hombre joven, que trotaba rectamente en dirección a ella. Estaba muy bronceado y el pecho velludo atrajo su mirada con una fuerza ineludible. Siguió avanzando, ahora decidida a enfrentarlo, deseando el momento de sentir el contacto de aquel cuerpo varonil, imaginando sus brazos apresándola, rodeándola, oprimiéndola contra él.
Cuando el hombre estuvo a pocos pasos de ella sus miradas se encontraron. Por un segundo, pareció que él iba a detenerse, pero no lo hizo. En cambio, giró hacia un costado, eludiéndola, y retomó el ritmo parejo de su trote.
Ella se detuvo, abrió la boca para dejar escapar un grito, y se dejó caer de bruces sobre la playa. Su rostro se hundió en la arena, la sintió en sus ojos, sus fosas nasales, entre sus dientes, pegándose a su lengua y a sus párpados. Voy a morirme pensó. Si no me muevo, voy a morirme. Intentó levantar la cabeza, pero no tuvo fuerzas para hacerlo.
Comenzó a llorar, pero la arena iba absorbiendo sus lágrimas, tan saladas como el agua de mar, fundiéndolas con ella.
Entonces, Marcela se despertó.
No era la única en la playa. Una pareja mayor, tendida en sus reposeras, la vieron pasar con indiferencia. Más adelante, un grupo de chiquillos corría detrás de una pelota. Una mujer muy delgada yacía sobre una toalla multicolor, con los brazos extendidos sobre la cabeza; sus senos muy pequeños, casi infantiles, brillaban relejando los últimos rayos solares sobre la superficie aceitosa del bronceador.
A lo lejos, apareció la silueta de un hombre joven, que trotaba rectamente en dirección a ella. Estaba muy bronceado y el pecho velludo atrajo su mirada con una fuerza ineludible. Siguió avanzando, ahora decidida a enfrentarlo, deseando el momento de sentir el contacto de aquel cuerpo varonil, imaginando sus brazos apresándola, rodeándola, oprimiéndola contra él.
Cuando el hombre estuvo a pocos pasos de ella sus miradas se encontraron. Por un segundo, pareció que él iba a detenerse, pero no lo hizo. En cambio, giró hacia un costado, eludiéndola, y retomó el ritmo parejo de su trote.
Ella se detuvo, abrió la boca para dejar escapar un grito, y se dejó caer de bruces sobre la playa. Su rostro se hundió en la arena, la sintió en sus ojos, sus fosas nasales, entre sus dientes, pegándose a su lengua y a sus párpados. Voy a morirme pensó. Si no me muevo, voy a morirme. Intentó levantar la cabeza, pero no tuvo fuerzas para hacerlo.
Comenzó a llorar, pero la arena iba absorbiendo sus lágrimas, tan saladas como el agua de mar, fundiéndolas con ella.
Entonces, Marcela se despertó.
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